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Todo el mundo sabe

June 23, 2009

Dicen que el agua es la mejor medicina. Pero todo el mundo sabe que las lágrimas son ponzoñosas, especialmente si surgen de los ojos de una niña. Por eso no hay que hacer llorar a ninguna: cada gota contiene un poco del alma que se desmorona. Cuando un mar de llanto toca algo, ese “algo” se desdibuja, se disuelve poco a poco y al final ese “algo” se decolora. Esto lo sabe todo el mundo, inclusive las fotografías: si una de ellas se inunda con lágrimas, deberá resignarse a ir desapareciendo.

Una fotografía se borró sin que su dueña lo quisiera. A pesar de ello, la imagen no estaba muerta: primero fue escaneada y después se convirtió en el eterno fondo de escritorio de una niña abandonada por su único amor.

Cada noche, ella encendía su laptop para verse abrazando a su ex novio. Alguna vez ambos fueron felices, pero todo el mundo sabe que nada es infinito. La niña había perdido ese amor, aunque no lo “perdió” como si fuese dinero; más bien, dejó que se perdiera dentro de ella. Amó tanto a ese niño que ese amor se deshizo cada vez que ella lloró. Él nunca vertió una sola lágrima por la niña, por eso su amor seguía vivo aunque el de ella no. Todo el mundo sabe que el cariño de verdad no muere, y el de la niña jamás fue real: ya no lloraba por su amor extinto, sino por tantas horas desperdiciadas escribiendo cartas que terminaron en una hoguera autobiográfica.

El niño no sabía nada de esto, de ningún modo volvió a hablar con ella, sólo guardó sus sentimientos en una maleta donde coleccionaba retratos de sus amigas y ex novias. Todo el mundo sabe que con los años las cosas se hacen viejas, las hojas se vuelven amarillas y la tinta indeleble pierde pigmento. Lo que nadie descubre aún es qué sucede con una obsesión que se queda intacta, que se deja sumergida en stand-by… La niña expresó su sentir hasta que su corazón se acabó porque así son las niñas, eso todo el mundo lo sabe, pero lo que no se dice es que los niños son egoístas y si logran experimentar algo han de reservarlo siempre para sí.

Qué increíble es la ciencia, decía la imagen cada que la niña mojaba su computadora portátil. La pantalla de cristal líquido no se diluyó ni tuvo un cortocircuito: sólo se formó sobre ella una capa salada que la protegía del polvo y de la amnesia.

Jéssica de la Portilla Montano

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